Todo había comenzado antes de llegar a Vietnam. Había trazado mi ruta, ya con duda, de sur a norte y había descartado ir a Camboya a ver los templos de Ankor Wat. Una vez allí, un mar de pensamientos y dudas taladraban mi cabeza: ¿cómo no vas a ir si todo el mundo habla maravillas?, ¿cómo no vas a ir estando tan cerca?, ¿descarto mi ruta y voy a Camboya?, si es que sí, debo solicitar un nuevo visado (exprés) para regresar a Vietnam, ¿cómo?, ¿dónde lo solicito?, uff ¡qué jaleo! Mejor sigue tu ruta, ... pero ¿cómo no vas a ir a..?
Tanto estrés para un viaje de placer no era bueno y decidí poner rumbo a Hoian (a la mitad del país) en busca de playa para relajarme y pensar. Pongo rumbo al aeropuerto. Era más barato el avión de una hora a Hoi An que el tren de 17. Lo ponen fácil por estas tierras.
Se avecina tormenta, si miras al cielo, te queda claro. Según subo al bus que me debe llevar al aeropuerto empieza a llover. Mucho. Pero mucho. Da miedo. En 10 minutos es torrencial, tropical. ¿Saldrá el vuelo con esta lluvia?, ¿con este cielo tan cerrado? Llego al aeropuerto, busco wifi (pa nosotros wifi, pal resto del planeta wai-fai, ¡qué es como se pronuncia coño, a ver si vamos aprendiendo idiomas!, ya está Fran, relájate). Miro la predicción del tiempo: lluvia en Hoi An durante días. ¡Nooooo! Yo quería relajarme en la playa, pensar, repensar Vietnam, el viaje, pero relajado en la playita bajo el sol, y disfrutar de la ciudad patrimonio de la humanidad. ¿Lluvia tres días? Així, no anem bé!!
Ahí surge la estrategia. Cambia de planes Fran. Procura cambiar el vuelo para la próxima semana, que según la predicción hará un sol fantástico. Hago fotos de la pantalla del móvil con la predicción de tormenta de hoy en Danang, el destino del vuelo. He de decir que yo pensaba que el vuelo no saldría, pero en aquel aeropuerto todo funcionaba con normalidad. Me dirijo al mostrador y le pregunto a la chica si puedo cambiar el vuelo. Me dice que tengo que ir a otro mostrador. Típico. Allí está mi hombre. Le lloraré pa que me cambie el vuelo. No veas cómo ha mejorado mi inglés. ¡Qué papelón que hice! Que si tengo miedo a volar y mira la tormenta que hay, que yo así no vuelo, que me da pánico, que por favor, que yo sólo quiero cambiar el vuelo, que no quiero morir... Si hasta casi lloro. El curso de método Stanislavsky de este verano me ayudó, aunque no me sirvió finalmente. El tipo, un chaval joven, acostumbrado a batallas mayores a pesar de su juventud, me miraba medio sorprendido, medio apenado, medio no-me-toques-más-las-pelotas-nenaza-y-coge-ese-puto-vuelo-ya, se mantuvo firme, al igual que el vuelo, que ya sin lluvia ni atisbo de tormenta alguna realizó su travesía sin problema.
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