Llevo mi pulsera antimosquitos... en la mochila que se quedó en el hostel. ¡Nooooooooo! Tragedia máxima. Moriré acribillado.
Aquí estoy con Share, Pauline y Pol. No me entero de nada. Mi inglés ha mejorado, pero no tanto como para seguir una conversación entre un yanky, una holandesa y un irlandés. Después de cinco horas de bus e instalarnos, buscamos donde cenar. La cena, más espectacular que el paisaje. Increíblemente buena. ¡Qué bien se come aquí! La noche es tranquila y silenciosa. Vuelvo al hotel antes que el resto. Estoy cansado. Pero aprovecho para dar un paseo a solas. El calor y la humedad siguen siendo asfixiantes.
4.30 de la mañana. Madrugamos para ir al mercado flotante. Estoy intrigado. Es la principal atracción de la zona. ¿Cómo será? 40 minutos de barca a motor y llegamos. El mercado es muy curioso. Se juntan por mercancía. Todos los que venden piña por un lado, los que venden sandía por otro... todo sobre las aguas del río, en sus barcas como expositores ofrecen su mercancía desde bien temprano. También en barca, llegan los cientos de compradores que luego venderán la fruta y la verdura en la ciudad. Y allí, sobre una barca, en medio del río, desayunamos: un bol de Pho (caldo de fideos), comida por excelencia del Vietnam. Éste, en particular, espectacular. Antes habíamos hecho una parada para tomar café, allí en el río.
La vuelta es si cabe más impresionante. Nos adentramos por afluentes escondidos, más pequeños, más sorprendentes. La naturaleza tropical lo inunda todo. Estoy ante el escenario de cualquiera de las muchas películas sobre la guerra del Vietnam. Me parece ver helicópteros de guerra, soldados cruzando el río, campamentos... Ya no queda nada de eso y la belleza de la estampa permite obviarlo.
Los mosquitos jamás se presentaron y el Delta del Mekong mereció mucho la pena.

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