miércoles, 22 de julio de 2015

Batalla de Hoi An. Primera parte: Teatro del bueno.

Hemos de remontarnos unos cuantos años atrás y trasladarnos a otro escenario para ubicar esa famosa frase. Ni en aquella ocasión fue teatro ni en ésta fue bueno. Pero he de decir que lo intenté.

Todo había comenzado antes de llegar a Vietnam. Había trazado mi ruta, ya con duda, de sur a norte y había descartado ir a Camboya a ver los templos de Ankor Wat. Una vez allí, un mar de pensamientos y dudas taladraban mi cabeza: ¿cómo no vas a ir si todo el mundo habla maravillas?, ¿cómo no vas a ir estando tan cerca?, ¿descarto mi ruta y voy a Camboya?, si es que sí, debo solicitar un nuevo visado (exprés) para regresar a Vietnam, ¿cómo?, ¿dónde lo solicito?, uff ¡qué jaleo! Mejor sigue tu ruta, ... pero ¿cómo no vas a ir a..?

Tanto estrés para un viaje de placer no era bueno y decidí poner rumbo a Hoian (a la mitad del país) en busca de playa para relajarme y pensar. Pongo rumbo al aeropuerto. Era más barato el avión de una hora a Hoi An que el tren de 17. Lo ponen fácil por estas tierras.

Se avecina tormenta, si miras al cielo, te queda claro. Según subo al bus que me debe llevar al aeropuerto empieza a llover. Mucho. Pero mucho. Da miedo. En 10 minutos es torrencial, tropical. ¿Saldrá el vuelo con esta lluvia?, ¿con este cielo tan cerrado? Llego al aeropuerto, busco wifi (pa nosotros wifi, pal resto del planeta wai-fai, ¡qué es como se pronuncia coño, a ver si vamos aprendiendo idiomas!, ya está Fran, relájate). Miro la predicción del tiempo: lluvia en Hoi An durante días. ¡Nooooo! Yo quería relajarme en la playa, pensar, repensar Vietnam, el viaje, pero relajado en la playita bajo el sol, y disfrutar de la ciudad patrimonio de la humanidad. ¿Lluvia tres días? Així, no anem bé!!

 
Ahí surge la estrategia. Cambia de planes Fran. Procura cambiar el vuelo para la próxima semana, que según la predicción hará un sol fantástico. Hago fotos de la pantalla del móvil con la predicción de tormenta de hoy en Danang, el destino del vuelo. He de decir que yo pensaba que el vuelo no saldría, pero en aquel aeropuerto todo funcionaba con normalidad. Me dirijo al mostrador y le pregunto a la chica si puedo cambiar el vuelo. Me dice que tengo que ir a otro mostrador. Típico. Allí está mi hombre. Le lloraré pa que me cambie el vuelo. No veas cómo ha mejorado mi inglés. ¡Qué papelón que hice! Que si tengo miedo a volar y mira la tormenta que hay, que yo así no vuelo, que me da pánico, que por favor, que yo sólo quiero cambiar el vuelo, que no quiero morir... Si hasta casi lloro. El curso de método Stanislavsky de este verano me ayudó, aunque no me sirvió finalmente. El tipo, un chaval joven, acostumbrado a batallas mayores a pesar de su juventud, me miraba medio sorprendido, medio apenado, medio no-me-toques-más-las-pelotas-nenaza-y-coge-ese-puto-vuelo-ya, se mantuvo firme, al igual que el vuelo, que ya sin lluvia ni atisbo de tormenta alguna realizó su travesía sin problema.

miércoles, 8 de julio de 2015

Batalla del Mekong

Comienza la ruta, en bus. El río Mekong, que atraviesa Camboya, desemboca de manera espectacular en el sur de Vietnam. Paisaje de palmeras, cocoteros, mangos, afluentes, barcas de pesca, campos de arroz. Parece que la vida se detenga. Todo es más pausado. El paisaje invita a ello. La humedad y el calor también.

Llevo mi pulsera antimosquitos... en la mochila que se quedó en el hostel. ¡Nooooooooo! Tragedia máxima. Moriré acribillado.

Aquí estoy con Share, Pauline y Pol. No me entero de nada. Mi inglés ha mejorado, pero no tanto como para seguir una conversación entre un yanky, una holandesa y un irlandés. Después de cinco horas de bus e instalarnos, buscamos donde cenar. La cena, más espectacular que el paisaje. Increíblemente buena. ¡Qué bien se come aquí! La noche es tranquila y silenciosa. Vuelvo al hotel antes que el resto. Estoy cansado. Pero aprovecho para dar un paseo a solas. El calor y la humedad siguen siendo asfixiantes.

4.30 de la mañana. Madrugamos para ir al mercado flotante. Estoy intrigado. Es la principal atracción de la zona. ¿Cómo será? 40 minutos de barca a motor y llegamos. El mercado es muy curioso. Se juntan por mercancía. Todos los que venden piña por un lado, los que venden sandía por otro... todo sobre las aguas del río, en sus barcas como expositores ofrecen su mercancía desde bien temprano. También en barca, llegan los cientos de compradores que luego venderán la fruta y la verdura en la ciudad. Y allí, sobre una barca, en medio del río, desayunamos: un bol de Pho (caldo de fideos), comida por excelencia del Vietnam. Éste, en particular, espectacular. Antes habíamos hecho una parada para tomar café, allí en el río.





La vuelta es si cabe más impresionante. Nos adentramos por afluentes escondidos, más pequeños, más sorprendentes. La naturaleza tropical lo inunda todo. Estoy ante el escenario de cualquiera de las muchas películas sobre la guerra del Vietnam. Me parece ver helicópteros de guerra, soldados cruzando el río, campamentos... Ya no queda nada de eso y la belleza de la estampa permite obviarlo.

Los mosquitos jamás se presentaron y el Delta del Mekong mereció mucho la pena.

sábado, 4 de julio de 2015

Batalla de Saigón

Después de una escala de seis horas en Doha llego a Ciudad de Ho Chi Min, antigua Saigón. El comunismo victorioso le cambió el nombre en 1975. El señor Ho Chi Min era el máximo dirigente del gobierno del norte. Vamos, que el presidente llegó y le puso su nombre a la ciudad. ¡Qué gran gesto de sencillez!

El aeropuerto, predecible. Cojo el bus 152 al centro. 5000 VND. Tengo 4.000 VND suelto y el resto muy amarrado. Salgo a pedir cambio. Vuelvo. El bus ha marchado. Cojo otro bus 152. 5.000 VND. Nooo. Ahora son 10.000. ¡Pero qué cachondeo es éste! ¿Qué pasa que el anterior era Happy Hour? Yo pago 5000. Luego entiendo que por la maleta son otros 5000. En mi caso al ser mochila, don't worry!!

Ahora sí, llego a Ben Than Market. ¡Dioooos! Pero que locura de motos. Mil millones de motos, pa todos lados, sin orden ni concierto. Camino hasta mi hostel. Me instalo. Salgo a cenar y tomar una cerveza con Share y Pauline, recién llegados al hostel también.



Al día siguiente recorremos Saigón! A destacar, por encima de todo: el truño-pagoda que dice la guía que hay que visitar. La ciudad no parece nada del otro mundo. Me recuerda un tanto a Santiago de Cuba, esto es igual de tropical. Por supuesto, Santiago tiene más encanto.

Saigón fue la última ciudad en caer. Lo hizo el 30 de Abril de 1975 (los que me conocen bien saben que esta fecha la he puesto de memoria). Los yankies habían iniciado su retirada en 1973 y quedó el ejército del sur luchando solo. Se metieron en la guerra, que curiosamente nunca declararon, en 1965, en su cruzada por salvar al mundo del comunismo. Para ello no dudaron en recurrir a la guerra química de manera atroz. El museo de la guerra da buena fe de bosques arrasados, hombres, mujeres y niños quemados, niñas y niños con graves deformaciones nacidos muchos años después. Por supuesto, todavía estamos esperando una disculpa.

Esta batalla, la pierdo. Saigón me gana. No le encuentro nada interesante, es estresante. Puede que esperara algo como Shangai. Y la comparación no me deja ver otra realidad. ¿Qué coño hago aquí?