¿Cómo empezó todo? Ya ni lo recuerdo. Tengo vagos recuerdos. Sólo sé que algunas noches aún despierto gritando "¡sáquenme de aquíii!".
La pregunta es: pero, ¿bus para el norte o para el sur? La respuesta fue... para el sur. ¡Nos vamos a Cambooooyaaaa!
De Hoi An a Ciudad de Ho Chi Min 24 horas de bus, con cambio de bus a las 12 horas y parando para hacer las comidas pertinentes. Duro, pero bien. A las 6 de la tarde del día siguiente estaba en mi destino, según lo previsto.
De ahí a la agencia, a comprar billete para Phnom Penh para mañana, luego buscar hostel, descansar y mañana en ruta. ¿Que hay bus esta misma noche? Perfecto, duermo en el bus cama, que era como había venido hasta Ho Chi Min y amanezco a las 10 de la manaña en Phnom Penh. ¡Genial! Aquí se empezó a torcer todo. Gente, de verdad, si alguna vez, da igual el lugar en el que estén, ven un bus de Camboya Express, ¡¡¡¡NO LO COJAN!!!!
Pasamos la frontera a la hora que tocaba, bien. Seguimos rumbo a Phnom Penh. Paramos. Despierto. Calor. Voy tumbado, es un sleeping bus, aunque incómodo y caluroso. Seguimos parados, hay algo así como cola. Esto es la entrada a la capital. Muy parados. Me levanto. Hablo con Juan Carlos y Antonio, de Ecuador, socio fundadores, en ese momento ellos sin saberlo, de la Asociación de Víctimas de Camboya Express. ¿Qué pasa? Debe haber ocurrido un accidente importante porque hay mucha policía. Ah, vale. Bajo, miro un poco el percal. Pinta mal, la verdad. Chicos, creo que cogeré mi mochila y pillaré una moto que me entre en la ciudad. No, pero si para llegar a Phnom Penh queda más de una hora. Aaaah, pensé que estábamos entrando. Joder.
No nos movemos. Atasco máximo. No hay accidente. Pero sí camiones llenos de mercancía con gente subida en el techo, coches llenos atravesados por todos lados, motos pitando, carretera sin asfaltar, polvo, gente a pie, calor, puestos de mercado a ambos lados . ¿Qué pasará? Ya lo vemos. Hay que atravesar el río en ferry. Ah, hoy debe haber ocurrido algo grave para que haya este jaleo montado.
Las dos primeras horas de estar parados, avanzando como a un metro cada 15 minutos, fueron hasta divertidas. Vivíamos en la felicidad. En la más pura ignorancia, desconocedores de lo que ocurría. Que si vamos a construir un puente y hacernos ricos, que si nos quedaremos toda la vida en este bus, que si jiji y que si jaja. Era parte de la aventura. Algo ocurría y estábamos allí. Éramos parte de algo. Hasta que ocurrió lo inesperado. Nuestras vidas no corrieron peligro en ningún momento, pero el ánimo de la tropa se desplomó, se hundió en la más pura de las miserias, cuando comprobamos que los buses que habían salido a primera hora de la mañana, 7 horas después que nosotros, no sólo estaban allí, sino que embarcaban directamente al ferry desde otra calle. Habíamos pagado lo mismo, habíamos salido en la noche para aprovechar el día y resulta que llegaríamos después. No formábamos parte de una aventura, ni de un caos inevitable que sufriríamos todos por igual y que al llegar al destino compartiríamos con otros viajeros entre risas cómo se había vivido en cada bus. No. La cola, el caos y el calor desesperante de horas no era una aventura, era algo que sólo nosotros sufríamos. ¡Nos han timado! Éramos víctimas de un timo. Seguro que para pasar el ferry directamente se paga más y estos se lo ahorran y se forran. Porque el billete cuesta lo mismo con todas las compañías. Ésta sigue siendo hasta hoy la hipótesis con más fuerza. Hubo otras, pero ninguna que justificara tanto nuestra ira y deseos de venganza. Que si el chófer estafa a la compañía, que si el chófer se metió por error en calle equivocada... Nooo, nada de eso, ¡nos han timado!
El silencio y la desolación se apoderaron de nosotros las dos horas más que estuvimos parados. Las bromas ya no tenían esa gracia que tenían hace un rato, nuestros gestos habían cambiado y nuestro fuero interno no encontraba explicación.
En lugar de a las 10 de la mañana, llegamos a las 4 de la tarde. Exhaustos y desanimados. Yo particularmente con casi 48 horas de ruta encima, sin dormir en una cama que no tuviera ruedas.
Corrí a la embajada de Vietnam, con temor a que no estuviera abierta. Llego a tiempo. Tramitar una nueva visa de entrada a Vietnam no es precisamente barato, pero no tengo opción. Tampoco tengo opción a pagar con Dongs, moneda de Vietnam, en la embajada de Vietnam. Increíble. Ha de ser con US Dolars. Corro a buscar dónde cambiar, sigo las indicaciones del señor de la embajada, pero paso una calle, otra, otra, no lo encuentro. Me va a cerrar la embajada. Pregunto en la calle. No entiendo, no me entienden. Sigo. Vuelvo sobre mis pasos. Encuentro el sitio. Regreso corriendo, mochila a cuestas, a la embajada y tramito in-extremis mi visa.
Estoy de vuelta en la estación de autobuses, lo único que conozco de Phnom Penh, cansado, más bien extenuado y con hambre. Busco dónde comer y coger wifi para reservar hostel para esta noche y, por fin, dormir tranquilo. Y también para comunicarme con Pablo. Debe estar ya en Ankor Watt, sin saber de mí. El cogía el bus bueno, el de primera hora de la mañana. El primero que llegue busca habitación para los dos, habíamos dicho. Supuestamente iba a ser yo. ¿Habrá reservado para mí? No llego esta noche. Empezará la ruta sólo y yo también la haré solo. ¡Qué mal! No tengo fuerzas ni para enfadarme. Llega mi hamburguesa. Después de todo, necesito algo conocido, sin sustos, sin sorpresa y que me llene. La hamburguesa no se puede decir que sea algo muy camboyano, pero cumplía todos los requisitos que en ese momento mi espíritu necesitaba. Una turista, que termina de comer en la misma terraza que yo y que venía en el bus del horror, creo que es rusa, en el momento de salir me pregunta la hora. Le respondo. Dudamos. Tú no eres rusa. No, claro, soy de Segovia. Eli, Fran. Sale un bus en 20 minutos para Ankor. ¿Tú lo vas a coger? Sí. ¿Dónde se compran los billetes? Allí. Uf, yo creo que no, estoy muy cansado, necesito comer tranquilo, gracias, chao... Mmm ... Rápido, la cuenta por favor. Corro a la taquilla, me da tiempo de ir a comprar agua y meterme en un nuevo bus.
- Chacha, pensé que eras rusa.
- ¿Rusa?
- Me pareció verte hablar en el bus con unos rusos, que esos sí no eran de Segovia... ¿pero no nos escuchaste durante dos horas diciendo tonterías a otros dos chicos y a mí?
- Iba con los cascos puestos... ¿Qué pasó, por qué duró tanto la ruta?
- ¿No lo sabes? ¡Nos han timadoooo! Resulta que...
Quedaron 7 horas más de ruta hasta Siem Reap, bus que cogí dos horas después de la travesía del horror y que llegó a su destino a las 2 de la mañana. Pero eso ya me dio igual, lo peor había pasado.
