miércoles, 9 de septiembre de 2015

Batalla sobre todas las batallas: mi vida en un bus.

Yo no lo sabía, pero la vida me iba a poner en una situación jamás pensada, ni deseada: más de 48 horas en bus.

¿Cómo empezó todo? Ya ni lo recuerdo. Tengo vagos recuerdos. Sólo sé que algunas noches aún despierto gritando "¡sáquenme de aquíii!".

La pregunta es: pero, ¿bus para el norte o para el sur? La respuesta fue... para el sur. ¡Nos vamos a Cambooooyaaaa!

De Hoi An a Ciudad de Ho Chi Min 24 horas de bus, con cambio de bus a las 12 horas y parando para hacer las comidas pertinentes. Duro, pero bien. A las 6 de la tarde del día siguiente estaba en mi destino, según lo previsto.

De ahí a la agencia, a comprar billete para Phnom Penh para mañana, luego buscar hostel, descansar y mañana en ruta. ¿Que hay bus esta misma noche? Perfecto, duermo en el bus cama, que era como había venido hasta Ho Chi Min y amanezco a las 10 de la manaña en Phnom Penh. ¡Genial! Aquí se empezó a torcer todo. Gente, de verdad, si alguna vez, da igual el lugar en el que estén, ven un bus de Camboya Express, ¡¡¡¡NO LO COJAN!!!!

Pasamos la frontera a la hora que tocaba, bien. Seguimos rumbo a Phnom Penh. Paramos. Despierto. Calor. Voy tumbado, es un sleeping bus, aunque incómodo y caluroso. Seguimos parados, hay algo así como cola. Esto es la entrada a la capital. Muy parados. Me levanto. Hablo con Juan Carlos y Antonio, de Ecuador, socio fundadores, en ese momento ellos sin saberlo, de la Asociación de Víctimas de Camboya Express. ¿Qué pasa? Debe haber ocurrido un accidente importante porque hay mucha policía. Ah, vale. Bajo, miro un poco el percal. Pinta mal, la verdad. Chicos, creo que cogeré mi mochila y pillaré una moto que me entre en la ciudad. No, pero si para llegar a Phnom Penh queda más de una hora. Aaaah, pensé que estábamos entrando. Joder.

No nos movemos. Atasco máximo. No hay accidente. Pero sí camiones llenos de mercancía con gente subida en el techo, coches llenos atravesados por todos lados, motos pitando, carretera sin asfaltar, polvo, gente a pie, calor, puestos de mercado a ambos lados . ¿Qué pasará? Ya lo vemos. Hay que atravesar el río en ferry. Ah, hoy debe haber ocurrido algo grave para que haya este jaleo montado. 



Las dos primeras horas de estar parados, avanzando como a un metro cada 15 minutos, fueron hasta divertidas. Vivíamos en la felicidad. En la más pura ignorancia, desconocedores de lo que ocurría. Que si vamos a construir un puente y hacernos ricos, que si nos quedaremos toda la vida en este bus, que si jiji y que si jaja. Era parte de la aventura. Algo ocurría y estábamos allí. Éramos parte de algo. Hasta que ocurrió lo inesperado. Nuestras vidas no corrieron peligro en ningún momento, pero el ánimo de la tropa se desplomó, se hundió en la más pura de las miserias, cuando comprobamos que los buses que habían salido a primera hora de la mañana, 7 horas después que nosotros, no sólo estaban allí, sino que embarcaban directamente al ferry desde otra calle. Habíamos pagado lo mismo, habíamos salido en la noche para aprovechar el día y resulta que llegaríamos después. No formábamos parte de una aventura, ni de un caos inevitable que sufriríamos todos por igual y que al llegar al destino compartiríamos con otros viajeros entre risas cómo se había vivido en cada bus. No. La cola, el caos y el calor desesperante de horas no era una aventura, era algo que sólo nosotros sufríamos. ¡Nos han timado! Éramos víctimas de un timo. Seguro que para pasar el ferry directamente se paga más y estos se lo ahorran y se forran. Porque el billete cuesta lo mismo con todas las compañías. Ésta sigue siendo hasta hoy la hipótesis con más fuerza. Hubo otras, pero ninguna que justificara tanto nuestra ira y deseos de venganza. Que si el chófer estafa a la compañía, que si el chófer se metió por error en calle equivocada... Nooo, nada de eso, ¡nos han timado!

El silencio y la desolación se apoderaron de nosotros las dos horas más que estuvimos parados. Las bromas ya no tenían esa gracia que tenían hace un rato, nuestros gestos habían cambiado y nuestro fuero interno no encontraba explicación.

En lugar de a las 10 de la mañana, llegamos a las 4 de la tarde. Exhaustos y desanimados. Yo particularmente con casi 48 horas de ruta encima, sin dormir en una cama que no tuviera ruedas. 

Corrí a la embajada de Vietnam, con temor a que no estuviera abierta. Llego a tiempo. Tramitar una nueva visa de entrada a Vietnam no es precisamente barato, pero no tengo opción. Tampoco tengo opción a pagar con Dongs, moneda de Vietnam, en la embajada de Vietnam. Increíble. Ha de ser con US Dolars. Corro a buscar dónde cambiar, sigo las indicaciones del señor de la embajada, pero paso una calle, otra, otra, no lo encuentro. Me va a cerrar la embajada. Pregunto en la calle. No entiendo, no me entienden. Sigo. Vuelvo sobre mis pasos. Encuentro el sitio. Regreso corriendo, mochila a cuestas, a la embajada y tramito in-extremis mi visa.

Estoy de vuelta en la estación de autobuses, lo único que conozco de Phnom Penh, cansado, más bien extenuado y con hambre. Busco dónde comer y coger wifi para reservar hostel para esta noche y, por fin, dormir tranquilo. Y también para comunicarme con Pablo. Debe estar ya en Ankor Watt, sin saber de mí. El cogía el bus bueno, el de primera hora de la mañana. El primero que llegue busca habitación para los dos, habíamos dicho. Supuestamente iba a ser yo. ¿Habrá reservado para mí? No llego esta noche. Empezará la ruta sólo y yo también la haré solo. ¡Qué mal! No tengo fuerzas ni para enfadarme. Llega mi hamburguesa. Después de todo, necesito algo conocido, sin sustos, sin sorpresa y que me llene. La hamburguesa no se puede decir que sea algo muy camboyano, pero cumplía todos los requisitos que en ese momento mi espíritu necesitaba. Una turista, que termina de comer en la misma terraza que yo y que venía en el bus del horror, creo que es rusa, en el momento de salir me pregunta la hora. Le respondo. Dudamos. Tú no eres rusa. No, claro, soy de Segovia. Eli, Fran. Sale un bus en 20 minutos para Ankor. ¿Tú lo vas a coger? Sí. ¿Dónde se compran los billetes? Allí. Uf, yo creo que no, estoy muy cansado, necesito comer tranquilo, gracias, chao... Mmm ... Rápido, la cuenta por favor. Corro a la taquilla, me da tiempo de ir a comprar agua y meterme en un nuevo bus.

   - Chacha, pensé que eras rusa.
   - ¿Rusa?
   - Me pareció verte hablar en el bus con unos rusos, que esos sí no eran de Segovia... ¿pero no nos escuchaste durante dos horas diciendo tonterías a otros dos chicos y a mí?
   - Iba con los cascos puestos... ¿Qué pasó, por qué duró tanto la ruta?
   - ¿No lo sabes? ¡Nos han timadoooo! Resulta que...

Quedaron 7 horas más de ruta hasta Siem Reap, bus que cogí dos horas después de la travesía del horror y que llegó a su destino a las 2 de la mañana. Pero eso ya me dio igual, lo peor había pasado.

sábado, 8 de agosto de 2015

Batalla de Hoi An. Segunda parte: nunca hagas caso al hombre del tiempo.

¡Diooos! ¡Que tres días en Hoi An! ¡Qué maravilla de ciudad! ¡Y de playas!
Si el hombre del tiempo se equivoca, la aplicación del clima de mi Iphone más. Y si es Vietnam más todavía. Tres días soleados y de aire puro terminaron por relajarme. 

Aterricé en Danang ya de noche. Un taxi me llevó del aeropuerto al hotel. La recepcionista me quería cobrar más de lo que había encontrado por Internet. Después de una lucha intensa logramos entendernos. Salí a buscar donde cenar, volví a la habitación y por fin pude liberar el estrés de la tarde y mi actuación del aeropuerto.

Según me levanto pongo rumbo a Hoian, dos horas de bus y estoy. ¿Pa dónde? Somos varios turistas que no sabemos hacia dónde está el pueblo. El bus nos ha dejado como a 10 minutos caminando del pueblo. ¿Para allá o para allá? Dudo, avanzo, miro el mapa, retrocedo. No puede ser que ahora me pierda con algo tan tonto. No soy el único desorientado. Otros grupos de viajeros también lo están. Pa'lláaaa! Ruta acertada.
Hoi An es, por mérito propio, Patrimonio de la Humanidad. La belleza de sus casas y sus calles, su río y su tranquilidad te transportan fácilmente siglos atrás.  Algo curioso: pagas por entrar al pueblo porque todo él es Patrimonio. Choca un poco, pero luego le ves sentido.

Por la noche doy una vuelta por un mercadillo que es un hervidero de gente. No hay ni un imán que valga la pena. Busco donde cenar. Lo encuentro, me siento. En la mesa de al lado hay un chico que tiene pinta de hablar español. Sinceramente, no tengo ganas de hablar con nadie, ¡qué pereza! Evito contacto visual. No me apetece establecer contacto con el mundo. Ceno. Con el estómago lleno las cosas se ven diferentes. ¡No puedo ser tan borde! No aguanto la tentación y le pregunto. Efectivamente, habla español. Acababa de conocer a Pablo. Pablo te pregunta y no dice tú, dice vos. Buena conexión. Estuvimos más de dos horas hablando: la crisis de España, el corralito argentino, ... La primera conversación interesante de este viaje. Está viajando de norte a sur, ruta opuesta a la mía, pero si me decido cambiar de planes e ir a Camboya quedamos en hacer juntos los Templos de Ankor.


Pablo marchó y yo continué en Hoi An intentando resolver mi dilema. ¿Cómo estar tan cerca de Angkor Wat y no visitarlo? Paisajes similares a los del norte de Vietnam los vi en China: montañas de arrozales en pueblos indígenas y montañas calizas serpenteadas por agua. Pero he venido a Vietnam, tengo ruta hecha y un vuelo del norte al sur para el regreso. ¿Qué hacer? Alquilé una bici y puse rumbo a la playa: a penas gente, día soleado, mar en calma, hamaca, sombrilla,  coco en mano, lectura y relax.


miércoles, 22 de julio de 2015

Batalla de Hoi An. Primera parte: Teatro del bueno.

Hemos de remontarnos unos cuantos años atrás y trasladarnos a otro escenario para ubicar esa famosa frase. Ni en aquella ocasión fue teatro ni en ésta fue bueno. Pero he de decir que lo intenté.

Todo había comenzado antes de llegar a Vietnam. Había trazado mi ruta, ya con duda, de sur a norte y había descartado ir a Camboya a ver los templos de Ankor Wat. Una vez allí, un mar de pensamientos y dudas taladraban mi cabeza: ¿cómo no vas a ir si todo el mundo habla maravillas?, ¿cómo no vas a ir estando tan cerca?, ¿descarto mi ruta y voy a Camboya?, si es que sí, debo solicitar un nuevo visado (exprés) para regresar a Vietnam, ¿cómo?, ¿dónde lo solicito?, uff ¡qué jaleo! Mejor sigue tu ruta, ... pero ¿cómo no vas a ir a..?

Tanto estrés para un viaje de placer no era bueno y decidí poner rumbo a Hoian (a la mitad del país) en busca de playa para relajarme y pensar. Pongo rumbo al aeropuerto. Era más barato el avión de una hora a Hoi An que el tren de 17. Lo ponen fácil por estas tierras.

Se avecina tormenta, si miras al cielo, te queda claro. Según subo al bus que me debe llevar al aeropuerto empieza a llover. Mucho. Pero mucho. Da miedo. En 10 minutos es torrencial, tropical. ¿Saldrá el vuelo con esta lluvia?, ¿con este cielo tan cerrado? Llego al aeropuerto, busco wifi (pa nosotros wifi, pal resto del planeta wai-fai, ¡qué es como se pronuncia coño, a ver si vamos aprendiendo idiomas!, ya está Fran, relájate). Miro la predicción del tiempo: lluvia en Hoi An durante días. ¡Nooooo! Yo quería relajarme en la playa, pensar, repensar Vietnam, el viaje, pero relajado en la playita bajo el sol, y disfrutar de la ciudad patrimonio de la humanidad. ¿Lluvia tres días? Així, no anem bé!!

 
Ahí surge la estrategia. Cambia de planes Fran. Procura cambiar el vuelo para la próxima semana, que según la predicción hará un sol fantástico. Hago fotos de la pantalla del móvil con la predicción de tormenta de hoy en Danang, el destino del vuelo. He de decir que yo pensaba que el vuelo no saldría, pero en aquel aeropuerto todo funcionaba con normalidad. Me dirijo al mostrador y le pregunto a la chica si puedo cambiar el vuelo. Me dice que tengo que ir a otro mostrador. Típico. Allí está mi hombre. Le lloraré pa que me cambie el vuelo. No veas cómo ha mejorado mi inglés. ¡Qué papelón que hice! Que si tengo miedo a volar y mira la tormenta que hay, que yo así no vuelo, que me da pánico, que por favor, que yo sólo quiero cambiar el vuelo, que no quiero morir... Si hasta casi lloro. El curso de método Stanislavsky de este verano me ayudó, aunque no me sirvió finalmente. El tipo, un chaval joven, acostumbrado a batallas mayores a pesar de su juventud, me miraba medio sorprendido, medio apenado, medio no-me-toques-más-las-pelotas-nenaza-y-coge-ese-puto-vuelo-ya, se mantuvo firme, al igual que el vuelo, que ya sin lluvia ni atisbo de tormenta alguna realizó su travesía sin problema.

miércoles, 8 de julio de 2015

Batalla del Mekong

Comienza la ruta, en bus. El río Mekong, que atraviesa Camboya, desemboca de manera espectacular en el sur de Vietnam. Paisaje de palmeras, cocoteros, mangos, afluentes, barcas de pesca, campos de arroz. Parece que la vida se detenga. Todo es más pausado. El paisaje invita a ello. La humedad y el calor también.

Llevo mi pulsera antimosquitos... en la mochila que se quedó en el hostel. ¡Nooooooooo! Tragedia máxima. Moriré acribillado.

Aquí estoy con Share, Pauline y Pol. No me entero de nada. Mi inglés ha mejorado, pero no tanto como para seguir una conversación entre un yanky, una holandesa y un irlandés. Después de cinco horas de bus e instalarnos, buscamos donde cenar. La cena, más espectacular que el paisaje. Increíblemente buena. ¡Qué bien se come aquí! La noche es tranquila y silenciosa. Vuelvo al hotel antes que el resto. Estoy cansado. Pero aprovecho para dar un paseo a solas. El calor y la humedad siguen siendo asfixiantes.

4.30 de la mañana. Madrugamos para ir al mercado flotante. Estoy intrigado. Es la principal atracción de la zona. ¿Cómo será? 40 minutos de barca a motor y llegamos. El mercado es muy curioso. Se juntan por mercancía. Todos los que venden piña por un lado, los que venden sandía por otro... todo sobre las aguas del río, en sus barcas como expositores ofrecen su mercancía desde bien temprano. También en barca, llegan los cientos de compradores que luego venderán la fruta y la verdura en la ciudad. Y allí, sobre una barca, en medio del río, desayunamos: un bol de Pho (caldo de fideos), comida por excelencia del Vietnam. Éste, en particular, espectacular. Antes habíamos hecho una parada para tomar café, allí en el río.





La vuelta es si cabe más impresionante. Nos adentramos por afluentes escondidos, más pequeños, más sorprendentes. La naturaleza tropical lo inunda todo. Estoy ante el escenario de cualquiera de las muchas películas sobre la guerra del Vietnam. Me parece ver helicópteros de guerra, soldados cruzando el río, campamentos... Ya no queda nada de eso y la belleza de la estampa permite obviarlo.

Los mosquitos jamás se presentaron y el Delta del Mekong mereció mucho la pena.

sábado, 4 de julio de 2015

Batalla de Saigón

Después de una escala de seis horas en Doha llego a Ciudad de Ho Chi Min, antigua Saigón. El comunismo victorioso le cambió el nombre en 1975. El señor Ho Chi Min era el máximo dirigente del gobierno del norte. Vamos, que el presidente llegó y le puso su nombre a la ciudad. ¡Qué gran gesto de sencillez!

El aeropuerto, predecible. Cojo el bus 152 al centro. 5000 VND. Tengo 4.000 VND suelto y el resto muy amarrado. Salgo a pedir cambio. Vuelvo. El bus ha marchado. Cojo otro bus 152. 5.000 VND. Nooo. Ahora son 10.000. ¡Pero qué cachondeo es éste! ¿Qué pasa que el anterior era Happy Hour? Yo pago 5000. Luego entiendo que por la maleta son otros 5000. En mi caso al ser mochila, don't worry!!

Ahora sí, llego a Ben Than Market. ¡Dioooos! Pero que locura de motos. Mil millones de motos, pa todos lados, sin orden ni concierto. Camino hasta mi hostel. Me instalo. Salgo a cenar y tomar una cerveza con Share y Pauline, recién llegados al hostel también.



Al día siguiente recorremos Saigón! A destacar, por encima de todo: el truño-pagoda que dice la guía que hay que visitar. La ciudad no parece nada del otro mundo. Me recuerda un tanto a Santiago de Cuba, esto es igual de tropical. Por supuesto, Santiago tiene más encanto.

Saigón fue la última ciudad en caer. Lo hizo el 30 de Abril de 1975 (los que me conocen bien saben que esta fecha la he puesto de memoria). Los yankies habían iniciado su retirada en 1973 y quedó el ejército del sur luchando solo. Se metieron en la guerra, que curiosamente nunca declararon, en 1965, en su cruzada por salvar al mundo del comunismo. Para ello no dudaron en recurrir a la guerra química de manera atroz. El museo de la guerra da buena fe de bosques arrasados, hombres, mujeres y niños quemados, niñas y niños con graves deformaciones nacidos muchos años después. Por supuesto, todavía estamos esperando una disculpa.

Esta batalla, la pierdo. Saigón me gana. No le encuentro nada interesante, es estresante. Puede que esperara algo como Shangai. Y la comparación no me deja ver otra realidad. ¿Qué coño hago aquí?